Crítica de Submarino en audio

Si hablamos de un submarino, en principio todos pensaremos en un aparato, un medio de transporte incluso, que es capaz de adentrarse en las profundidades del mar. Aunque la novela del danés Jonas T. Bengtsson toma su título de la tortura que se realiza manteniendo la cabeza del contrario debajo del agua, Vinterberg nos lleva con esta película a las profundidades no del ser humano, sino de dos seres marginales, autodestructivos, perdedores si queremos aplicar los conceptos estadounidenses, pero retratados cinematográficamente con tremenda coherencia.

Tras una primera película casi desconocida, Thomas Vinterberg cobró relevancia en el mundo cinematográfico por ser el director de la primera película Dogma: “Celebración”. De hecho, él fue uno de los creadores de este movimiento cuyo exponente más conocido era el también danés Lars Von Trier. “Celebración” fue una agradable sorpresa, pues cuando muchos aventuraban que el Dogma era una tontería (adelantándose quizá al título de la película que haría Von Trier), Vinterberg realizó un retrato de relaciones familiares (para las que se mostraría especialmente válido el estilo Dogma) que realmente conmovía.

Pero, como hemos visto en tantas ocasiones, se dejó tentar por el “amigo americano”, y aunque fuera para realizar un par de películas que luego competirían en Sundance (festival que cada vez se parece más a la segunda división de los Oscar) y que pretendían criticar a la sociedad americana, en el fondo se dejaba empapar de los tópicos y los modos de realización menos interesantes de los Estados Unidos. Tras realizar en 2007 una comedia en su país, vuelve -como él mismo reconoce- a sus orígenes gracias a la lectura de una novela que le recordaba a sus primeras películas.

El demoledor comienzo de la película da pie a una estructura que, en cierto modo, se cierra al final, pero que se encuentra intrínsecamente empañada por la infancia de los dos protagonistas, a quienes vemos con 12-13 años viviendo con una madre que lo único que deja en casa son botellas de alcohol vacías. El grueso de la cinta nos muestra a los protagonistas unos veinticinco años después, con claros síntomas de autodestrucción, bien sea en el caso de Nick tomándola a golpes contra una cabina de teléfonos, o en el de su hermano -cuyo nombre nunca se cita- drogándose con heroína. La obra avanza sin dar concesiones a los personajes y nos muestra una galería de secundarios que les acompañan en el viaje y que no se puede decir que faciliten una visión optimista de la vida, salvo en el caso de Martin, un niño de apenas diez años, hijo del hermano de Nick.

Pese a lo que acabo de contar no nos encontramos con una obra de denuncia social al estilo de Ken Loach, sino con un retrato de la marginalidad muy bien narrado y fotografiado (con unos colores contrastados, abruptos), pero sobre todo excelentemente interpretado. Una buena dirección de actores comienza por una buena selección (eso que en inglés denominan casting) y en esta ocasión no ha sido menos. Tanto los dos hermanos de mayores como de niños comparten una fisicidad, una capacidad de transmitir ya solamente con la mirada que rara vez estamos viendo en el cine. La inocencia dolorosamente perdida de los niños y la autodestrucción serena de los adultos se reflejan en sus rostros, que se confirman como la prolongación serena de sus actos.

Submarino - Vinterberg

Si bien las intenciones del director son demasiado obvias en algunos momentos y especialmente en el emotivo final (que busca claramente la lágrima del espectador), no es menos cierto que el director consigue implicarnos a fondo en una historia cuyos agujeros de salida se van tapando poco a poco hasta casi dejarnos sin un solo rastro de luz. Casi.

“Submarino” es una película de relaciones familiares, en cierto modo es una película de “familia desestructurada”, como tantas que vemos hoy en día, pero en la que todavía se mantiene un vínculo, un cariño, un afecto. En la que vale más un gesto de amor, aunque sea porque “la droga es más cara que la cerveza” -como dice Nick- que el propio dinero, porque -y bien lo sabe Vinterberg- éste puede terminar perdiéndonos y el cariño, nunca.

Así que con esta frase tan bonita termino esta película de la que me encariñado por muy poco dinero (fui al pase de prensa) poniéndole un 8.

Puntuación: 8/10

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