Escucha la Crítica de Stone.

Stone, de John Curran

Resulta imposible realizar una teoría completa y comprensiva sobre los títulos de las películas. La que critico hoy se titula en español igual que en inglés “Stone”, cuando se podría haber traducido como “Piedra”, pero no suena igual (en inglés parece como más suave gracias a esa ese líquida o esa e inexistente con que empieza la palabra) y además su traducción podría sugerirnos lo que, en el fondo, es esta cinta, una obra extraña y muy difícil de digerir, tanto como una piedra.

Si Norton se dio a conocer en 1996 por “Las dos caras de la verdad” frente a Richard Gere e incluso realizaba otro interesante duelo actoral contra Paul Giamatti en “El ilusionista”, cualquiera podría pensar que tras la fallida “Un golpe maestro”, la pareja De Niro-Norton merecía otra oportunidad. Pues se la podrían haber ahorrado y eso que ellos dan mucho de sí mismos -aunque no creo que el máximo- para que esta extraña mezcolanza de historias con un claro trasfondo antirreligioso intente ya no llegar a buen puerto, sino atracar en uno, por muy recóndito que sea.

La cinta comienza al modo en que lo hacen las películas americanas clásicas, con una secuencia tremendamente impactante de violencia familiar, que nos presenta a un De Niro joven (en la película se llama Jack y esta secuencia la interpreta otro actor) que recuerda a la violencia y “locura” de sus tiempos de “Toro salvaje”. Perfectamente realizada, aunque con un exceso de toque metafórico -que ya aventura lo que vendrá después-, está completamente desligada de la trama. Igual que está podría no estar. Años después vemos al mismo Jack (de Niro) a punto de jubilarse como una especie de funcionario de prisiones que da curso a las peticiones de libertad provisional. Su último caso será el de un macarra que se hace llamar Stone (Norton), cuya mujer empezará a llamarle e incluso seducirle para conseguir que su marido salga de la cárcel.

Cuidado, que contado así y contado por mí puede parecer hasta cine negro medio entretenido. No es ésa la intención de John Curran, su director, el mismo que firmaba la interesante “El velo pintado” (sí, sí, con Naomi Watts y Edward Norton), que se empeña en salpicar la película con extractos radiofónicos de una especie de Radio María americana. El final, que si no se extendiera tanto está a punto de redimir ligeramente a la película, subraya lo que quiere contar Curran: lo mal que le está sentando a Estados Unidos esa América conservadora, clasista y profundamente conformista, que ni siquiera se cree del todo sus radicales credos religiosos. No es que nos ofrezca mucha alternativa, porque tampoco es perfecta la línea delictiva de Norton, pero tener que aguantar 105 minutos de película para ver a cuatro buenos actores (incluyendo Mila Jovovich, sí, sí, y Frances Conroy) mirando al cielo (con y sin mayúscula) bajo una machacona melodía que nos ha venido recordando continuamente que no vamos a ningún lado, me parece un esfuerzo excesivo.

Y es que el mayor problema de la película está en el guión de Angus MacLachlan, el mismo autor de la interesante e independiente Junebug (donde descubriéramos a Amy Adams), pero que no ha sabido aquí involucrar al espectador. Da la impresión de que hubiera querido hacer una obra maestra abarcando no mucho, sino todo, la familia, la religión, la intriga policial, la intriga erótica, los sentimientos, la política, … Y se le ha ido de las manos, porque si quería demostrarnos que “Dios no existe”, hay formas más claras y entretenidas de decirlo que a través de un Edward Norton con rastas o una Jovovich promiscua que tambalean (o casi) el mundo absurdo de De Niro y Conroy.

De todos modos, el guión no exime de culpa a John Curran, que saca muy buen provecho de Jovovich (creo que jamás ha hecho un papel tan bien interpretado en el cine), pero que luego la reduce a mero objeto de deseo sin claras motivaciones, que tan pronto es una esposa amantísima o una cuidadora de niños ejemplar como una devoradora de hombres y que no parece plantearse nada, mientras la otra pareja de la película da la impresión de que se lo plantea todo, pero no tenemos muy claro el qué, porque la reiterativa aparición de cortes de radio de la ya referida Radio María no nos deja verlo.

Con unas actuaciones muy medidas y muy superiores a lo que el papel les plantea, “Stone” se convierte en una película, sin embargo, reiterativa, muy simple por intentar ser muy compleja y fundamentalmente vacía, prescindible.

Una pena. Porque creo que a veces (no siempre) para hacer cine basta con tener unos buenos actores y pedirles que cuenten una historia. Y no hace falta complicarse más.

4,5/10

Antonio Peláez

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