ThorHubo una época en que el nombre de Natalie Portman iba incuestionablemente unido a cine de calidad. Pero, amigos míos, esa época pasó. No, no quiere esto decir que esta estupenda actriz no lo siga siendo y que no pueda regalarnos en el futuro interpretaciones magistrales como su papel en “Zona libre” o la interesantísima composición del personaje protagonista que hizo en “Cisne negro”, pero lo que no podemos olvidar es que los actores dependen de los directores y que éstos pueden hacer cosas como los episodios uno y dos y, bueno, la cosa esa que hizo Lucas con “La guerra de las galaxias”, o lo de Milos Forman con “Los fantasma de Goya” o … Un segundo, ¿quién dirige esta película?

Perdón, voy a empezar la crítica de nuevo.

Hubo una época en que el nombre de Keneth Branagh implicaba cine de calidad. “Mucho ruido y pocas nueces” no es el título que debería darle a esta crítica, sino una de sus obras más personales, pero no podemos olvidar “Enrique V”, “Hamlet”, “En lo más crudo del crudo invierno”, etc., películas que -hasta la prescindible Frankenstein- mostraban una voluntad de autor, algunas veces un amor desmesurado por Shakespeare, en cualquier caso un talento alimentado por el amor al cine.

¡¡Pero “Thor” ha salido directamente de un bostezo de Keneth Branagh!! ¿Qué hace dirigiendo esto? ¿Qué hace Stellan Skarsgard ahí metido? Literalmente, ¿qué hace?, ¿dirige la tesis de la protagonista de la película?, ¿es un mirón al que le mola esta chica?, ¿pasaba por ahí?, ¿está para dejarnos con la mosca detrás de la oreja en la escena después de los créditos? ¿Y qué le han hecho a Anthony Hopkins en el ojo? ¿Qué ha visto René Russo en él para ser su mujer?

Qué despropósito de película. En fin, vamos a contar el argumento. Un poco, sólo un poco, no porque no quiera desvelar nada -que tampoco-, sino porque tiene muy poco que contar.

Resulta que los dioses de las mitologías nórdicas (Odín, Thor y toda su panda) no son en realidad tales dioses, sino unos extraterrestres con unos poderes extraordinarios, aunque -eso sí- con las características que les atribuían esos humanos del norte que hablan continuamente con consonantes. Ésta es, al menos, la premisa de la que parte el cómic homónimo en el que se basa la película. Bien, pues esos extraterrestres están continuamente peleados -o al menos viven en continua tensión- con una especie de vecinos suyos que todo lo que tocan lo convierten en hielo. Un día los del hielo rompen la especie de tregua en que se encuentran y Thor (que es el desconocido y buenorro Chris Hemsworth), hijo de Odín, se lleva un cabreo de un par de narices, consecuencia del cual comete una imprudencia y su padre le destierra a, aunque parezca una paradoja lingüística, la Tierra. Allí se encuentra con Jane Foster, una investigadora que está a punto de descubrir -según sus propias palabras- algo extraodinario en relación con los “agujeros de gusano” y demás paradojas espacio-temporales que permiten trasladarse de un lado a otro del universo en un pis pas.

Pues bien, ¿cuál es el grave problema de la película? Que todo lo interesante pasa en el primer acto, o sea, en su primera media hora. Es la que justifica el 3D (ya sabéis, esa nueva tecnología que hace que las películas que lo usan se obsesionen con poner objetos flotantes que parecen atacar al espectador), es la que contiene más acción, más inversión de dinero, unos fascinantes efectos especiales y visuales que nos llevan a preguntar si no estamos viendo más bien una película de animación. Pero es que ya sabemos que hoy en día la frontera entre las películas de acción real y la animación es cada vez más difusa.

Pero tras esos primeros minutos, nada. Las luchas -las pocas que hay- son muy anodinas, la película se limita a mostrar lo graciosito que puede ser ver a un Thor que habla muy raro para la época en que están (utiliza unos modales medievales), que se encuentra un poco perdido, que es muy fuerte y orgulloso, pero un gran tipo. Y por eso, prácticamente cuando ve sus inmensos pectorales, la investigadora se enamora de él, pero Branagh no consigue ni una historia de amor creíble ni una trama entretenida, ya sea en la acción (batallas, peleas, …) como en los problemas familiares del protagonista con su hermano, como en la pugna por recuperar el material que la CIA le roba a la investigadora como en nada, porque no hay ningún hilo argumental que nos involucre.

No hay historia.

Y así nos quedamos sólo con las batallas a modo de “El señor de los anillos” del principio, técnicamente espléndidas, con un uso del 3D (que, insisto, el resto de la cinta no hace) muy interesante y con un trabajo en la edición y producción del sonido encomiables.

Con tan poco material narrativo, realmente no se justifica que vaya a realizarse una segunda parte, pero en cualquier caso, por si queréis quedaros aún más “mosqueados” o enganchados con la película o si no os queréis perder parte de ella, esperad a que pase entero el rodillo de los rótulos de crédito, que después de los mismos (larguísimos, aquí trabaja mucha gente), viene una escena en la que aparece otro actor que no hemos citado (y que entiendo que saldrá en la próxima).

En definitiva, “Thor”es una película a medias, un intento sencillote y ramplón de adaptar un cómic, que apenas logra entretener más allá de su impactante comienzo. Sólo nos queda preguntarnos por qué ha hecho esto Keneth Branagh, ¿para garantizarse futuros proyectos? El tiempo nos lo dirá.

Puntuación: 3/10

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