Tokio blues: Ni Tokio ni blues ni ná Tokio Blues

Tengo la impresión de que Murakami es uno de esos tipos que un día se tomaron una empanada mental, se les atragantó y desde entonces andan por el mundo sin espíritu, con una cierta indiferencia a todo. Y, claro, si pese a los obstáculos que este corredor de marathones metido a escritor pone, alguien se empeña en adaptar una obra suya, que en su momento tituló “Norwegian wood”, lo más probable es que se trate de espíritus afines.

Para ser breves. “Tokio Blues” es un rollo contemplativo que, para más desgracia, no tiene suficientes elementos como para justificar su contemplación.

El vietnamita Tran Ahn Hung (“El olor de la papaya verde”, “Cyclo”, …) reconocido por la peculiar estética que impone en sus películas y que, habitualmente, las hace tan visualmente atractivas como argumentalmente insulsas, en esta ocasión se supera y pretende contarnos la historia (si es que hay historia) de un tal Toru Watanabe (encarnado por el pasmao de Kenichi Matsuyama), que al escuchar la canción “Norwegian Wood” recuerda el suicidio de su amigo Kizuki, cómo eso marcó a la novia de éste y cómo él empieza a tener una relación muy particular con esa chica, que se llamaba Naoko. En un arranque de amenidad, que debe suponer un cierto descuido en el planísimo guión de la obra, aparece una tal Midori -que es la chica con la nariz más larga y plana al mismo tiempo que he visto en mi vida-, que le tira los tejos con descaro a Toru, pero él se queda medio pasmado ante su compromiso de recuperar de su locura a la pobre Naoko.

Ya está. Os he contado casi hasta el final, porque la película se queda congelada en una yuxtaposición de escenas no carentes de belleza (aunque, ya digo, no tanto como las anteriores realizaciones del director) y una contemplación exhaustiva y repetitiva de los problemas psiquiátricos que Naoko tiene y a los que Toru Watanabe intenta poner remedio, aunque sin tampoco ponerle mucho empeño.

El problema de la cinta es que parte de una visión de la vida muy murakamiana y que yo no puedo compartir. Uno puede hacer una película estática, lenta, casi completamente descriptiva, pero llena de poesía e incluso de búsqueda de la justicia como lo son las obras de Kiarostami, Angelopoulos, Bela Tarr, etc. Pero Murakami y Ahn Hung comparten una especie de visión budista sobre la existencia: todo es dolor y, por tanto, lo mejor que puedo hacer es mirar al mundo con indiferencia, no hacer nada, no decir nada, no moverme, no luchar, porque nada va a cambiar y todo me da igual. Eso es lo que trasluce la película en la que a los personajes en el fondo la vida les resulta indiferente.

Quiero dejar esto claro porque si ésa es tu postura ante la vida, quizá ésta sea tu película. O viéndolo al revés, si te gusta esta película, quizá sea ésa tu postura ante la vida, pero personalmente me parece una pérdida de tiempo dedicarle casi dos horas de la vida a ver reiteradamente cómo un chico en plena juventud (apenas 20 años tienen los protagonistas) siente que el mundo es tan horroroso que no merece la pena salir de los 20 años, que no merece la pena crecer. Y ése es uno de los temas principales de una película en que los jóvenes protagonistas parecen octogenarios amargados.

En definitiva, los seguidores de Murakami quizá se vean complacidos en que, finalmente, alguien logra adaptar una obra suya y con un cierto respeto al estilo del escritor japonés, pero en el panorama del cine actual el discurso de “Tokio Blues” no es nuevo y su estilo no aporta nada más que el traspaso de la desidia a la mirada de la cámara.

Puntuación: 4/10

Antonio Peláez

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