Tony et AngeleEscucha la crítica de \”El amor de Tony\”, de Alix Delaporte

Lo normal es que el buen cine te sorprenda. La sorpresa es impredecible, así que puede venir de la mano de la escenografía, de los diálogos, de la trama, de todo junto, de todo por separado, de una escena en la que una mujer pedalea en bicicleta con su hijo abrazado a ella, … En cualquier caso, sorprende, supera tus expectativas (y cuanto más cine hemos visto o cuanto simplemente más hemos vivido, más expectativas nos generamos) y en cierto sentido te llena, te hace respirar de otra manera.

“El amor de Tony” es buen cine, muy buen cine, y nos sorprende en muchas fases de la película. Quizá especialmente en su final.

Como consiguen en general las películas francesas que se precian de su nacionalidad, esta cinta nos muestra dos personajes interpretados por personas que no parecen actores. Me explico: en una película americana convencional sabes desde el primer plano quién es la actriz protagonista y quién es el actor protagonista, no porque sean los más guapos (que pueden serlo), sino porque tienen pinta de actores, posan como actores, actúan como actores, sonríen como actores (¿acaso Richard Gere no sonríe como un actor, o George Clooney, o Sandra Bullock, o Julia Roberts -pese a que su boca sea un pelín grande, por así decirlo-?). En “El amor de Tony”, sin embargo, nos encontramos con una actriz guapísima -Clotilde Hesme-, que no es presentada en ningún momento como una estrella, que está en un punto realmente bajo de su vida y que por tanto se muestra opaca, sin brillo alguno, como queriendo ocultar su fascinante mirada, su atractivísima figura. Y, por otro lado, tenemos a Grégory Gadebois, un actor de la “Comedie française”, un actor por tanto con una sólida formación teatral, pero que salta a la vista que no es un mister universo y que le sobran bastantes kilos.

Dos personajes muy diferentes desde su propio físico, pero dos personajes que en el fondo están buscando enamorarse para darle sentido a sus vidas. Eso nos plantea esta hermosísima película.

Ella acaba de salir de la cárcel y quiere recuperar a su hijo, cuya custodia tienen sus suegros, pero no parece hacerlo con la sutileza necesaria. Él, sin embargo, es un pescador que vive con su madre y que cuida también del alocado de su hermano. Su primer encuentro es un completo desastre, y eso que Tony no sabe que Angèle viene de protagonizar la escena de apertura de la película, en la que ha caído prácticamente hasta lo más bajo que puede caer un personaje o una persona. O eso parece.

Sin embargo, y como sin apenas quererlo, las vidas de Tony y Angèle se entrecruzan en un juego de engaños pero no, en una especie de búsqueda de una familia por parte de ella, o de un amor, o de un padre que se ahogó en el mar -por parte del hermano de Tony-, con una serie de historias que se entrecruzan, de las que sabemos poco pero suficiente, porque en ningún caso en la película los personajes se tratan de justificar. Alix Delaporte, su directora, entiende que ya conocemos suficientes historias o ya hemos vivido suficiente vida como para completar los espacios en blanco que va dejando y no necesita diálogos o descripciones de terceros para que en una fascinante escena veamos que Tony está enamoradísimo de Angèle y, sin embargo, no la besa.

El desarrollo de la obra sigue en general los paradigmas de toda historia en la que los personajes empiezan de una forma y terminan transformados, pero la clave que la hace diferente es la razón que subyace en las actitudes y acciones de los personajes. Las decisiones de Angèle, que pese al título en español viene a ser la verdadera protagonista, están basadas en su capacidad o no de amar, en su aceptación del amor que Tony quiere darle y por eso, y por la sobresaliente actuación de los dos, pero especialmente de Grégory, la película no sólo resulta creíble, sino terriblemente emotiva.

Poco a poco vamos a entrando en el mundo de los pescadores y en el mundo de esta peculiarísima pareja, vamos avanzando con ellos al tiempo que tememos que les suceda algún contratiempo que dé al traste con esta hermosísima historia de amor, pero todavía queda el final, esa secuencia final que en cierto modo avanza el cartel de la película y que al insistir tanto en que me parece maravillosa quizá a ti, oyente, te decepcione. Espero que no, porque creo que es una de las bodas más hermosas que se han rodado en el cine, es una auténtica declaración de amor sin contemplaciones. Es lo que hace que una película sencilla, modesta, que contada quizá parecería insignificante, se convierta en una película sencilla y modestamente redonda.

 

Antonio Peláez

 

8,5/10

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